mié. Ene 14th, 2026

 Por Redacción 

 

Ciudad de México.- Hace apenas una década, mencionar videojuegos en un contexto académico provocaba ceños fruncidos. Para muchos padres y educadores representaban distracciones, enemigos del rendimiento escolar. Pero algo ha cambiado. Hoy, universidades en España, Estados Unidos y América Latina construyen hospitales virtuales en Minecraft, entrenan futuros cirujanos con simuladores hiperrealistas y enseñan programación a través de desafíos gamificados. La pregunta ya no es si los videojuegos tienen cabida en la educación, sino cómo aprovechar al máximo su potencial.

Los datos respaldan esta transformación. Según el Pew Research Center, los videojuegos son una de las actividades predominantes en la vida diaria de los adolescentes estadounidenses, con una participación masiva que atraviesa todos los grupos demográficos. Esta realidad no puede ser ignorada por las instituciones educativas: donde hay engagement natural, existe una oportunidad pedagógica.

“Los videojuegos han dejado de ser simples herramientas de entretenimiento para convertirse en espacios de aprendizaje experiencial que conectan directamente con las dinámicas digitales de las nuevas generaciones”, explica el Dr. Luis Gutiérrez, vicerrector académico de Tecmilenio. “Cuando un estudiante enfrenta un desafío en un entorno de juego, no está memorizando información: está desarrollando pensamiento crítico, tomando decisiones bajo presión y colaborando con otros para resolver problemas complejos. Esas son las competencias que el mercado laboral demanda hoy”.

La investigación publicada en Scientific Reports concluyó que los niños que juegan videojuegos a diario presentan mejoras de hasta 2.5 puntos en su coeficiente intelectual, con avances significativos en comprensión lectora, memoria y procesamiento visual-espacial.

Además, las investigaciones de la Universidad Politécnica de Madrid confirman que los videojuegos favorecen el desarrollo cognitivo del cerebro y resultan altamente efectivos como herramientas de aprendizaje debido a su alto grado de motivación e interacción directa. En estudiantes universitarios potencian habilidades tanto sociales como de razonamiento y resolución de problemas, lo cual refuerza además la autoestima y la curiosidad por aprender.

El verdadero valor de los videojuegos trasciende la transmisión de contenidos específicos. Estos entornos digitales funcionan como laboratorios donde se cultivan las llamadas habilidades del siglo XXI: aquellas competencias transversales que ningún libro de texto puede enseñar por sí solo: pensamiento estratégico y toma de decisiones, colaboración y comunicación, resiliencia y gestión del fracaso, creatividad aplicada.

La adopción de videojuegos en educación superior ya no es experimental: es una realidad documentada. En la Universidad Católica de Valencia, el profesor David Fernández García utilizó Minecraft Education para transformar su asignatura de Tecnologías de la Información en Enfermería. Creó un hospital virtual donde los estudiantes, organizados en equipos, recogían información médica mientras sobrevivían a ataques de zombis.

Cabe destacar que Tecmilenio es pionera en México al reconocer el potencial educativo de los videojuegos mediante su programa Tecmilenio Esports, que integra los deportes electrónicos como herramienta formativa dentro de su ecosistema académico. La institución ha implementado torneos InterHalcones de esports que reúnen a estudiantes de diferentes campus en competencias que desarrollan trabajo en equipo, pensamiento estratégico y liderazgo bajo presión. Estos espacios no sólo fomentan el desarrollo de habilidades altamente valoradas por el mercado laboral, sino que también crean comunidades de aprendizaje donde los estudiantes aplican conocimientos técnicos, gestionan proyectos colaborativos y experimentan la toma de decisiones en tiempo real. Esto es prueba de que el gaming competitivo puede ser un catalizador efectivo para el desarrollo de competencias profesionales del siglo XXI.

Convergencia entre educación y videojuegos

La transformación no ha sido automática. Como señala una investigación cualitativa reciente sobre barreras y facilitadores en la implementación de experiencias gamificadas, los docentes enfrentan desafíos institucionales, culturales y técnicos al adoptar estas metodologías. Sin embargo, cuando superan estas barreras, los resultados son contundentes. La clave está en la implementación responsable: seleccionar juegos apropiados, integrarlos curricularmente y capacitar adecuadamente a los docentes.

La convergencia entre educación y videojuegos apenas comienza. La inteligencia artificial promete personalizar aún más estas experiencias, al adaptar la dificultad en tiempo real según el progreso de cada estudiante. La realidad virtual abre posibilidades para simulaciones inmersivas que serían imposibles o peligrosas en el mundo físico: desde entrenar cirugías complejas hasta explorar periodos históricos.

Para las universidades que buscan diferenciarse y preparar profesionales competitivos, ignorar esta tendencia sería un error estratégico. Las nuevas generaciones no sólo están familiarizadas con estas plataformas; esperan que sus experiencias educativas sean tan dinámicas e interactivas como el resto de su vida digital.